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LA CRISIS CARCELARIA EN ECUADOR TIENE CARA DE MUJER

Las mujeres son, en parte, quienes sostienen las vidas de quienes el Estado ha condenado a prisión sin garantizar su seguridad.

  • Jan 13 2022
  • Jessica Zambrano Alvarado, Andrea Alejandro Freire, Andrea Crespo Granda, Ana María Crespo
    J. Z. A. es periodista, feminista, ciclista urbana. Vive y trabaja en Guayaquil.

    A. A. F. dice de sí misme: “spantosamente loca, hermosamente lúcido. Escribo e ilustro por si se me olvida mi historia.”

    A. C. G. es escritora. Docente en la Universidad de las Artes del Ecuador. Ha publicado los libros: L.A. Monstruo (Cadáver exquisito, 2013), Registro de la Habitada (Premio Nacional Aurelio Espisona Polit, 2016), Libro Hémbrico (Premio David Ledesma, 2017)

La única forma de aproximarse un poco a lo que ocurre en las cárceles de Ecuador, donde durante los últimos dos años han muerto 413 personas, es a través de las familias de los prisioneros. Es a través de quienes esperan por noticias de quienes intentan cuidar desde la calle, desde la condición de libertad, de las mujeres que reciben mensajes de sus hijos desde la prisión, desde las madres que intentan sostener el cuidado. Eso dice Úrsula K. Le Guin. Las mujeres son, en parte, quienes sostienen las vidas de quienes el Estado ha condenado a prisión sin garantizar su seguridad. La crisis está mediada por lo que otros dicen, por las historias que cuentan estas mujeres que cuidan y escuchar puede convertirse siempre en otra cosa. Así construimos la memoria en un país que tiene pocas respuestas para dar. Este grupo de relatos están contenidos en la realidad y la ficción de dichas ausencias.


El Estado Mata a sus Presos
por Jessica Zambrano Alvarado

Leticia Guaillas me dice que su familia solo tiene la tierra que habita, cuida y siembra. Tienen que defenderla, que la muerte de su padre, Victor Guaillas les deja como lección que hay que cuidar el territorio que heredaron de sus antepasados con más fuerza, porque ha muerto un luchador y ahora son menos y ya casi no hay agua y solo del agua sobrevive la humanidad y la Tierra. Su padre fue encarcelado en la Penitenciaría del Litoral en Octubre de 2019, cuando Ecuador y otros países de América Latina llevaban a la calle protestas sociales en descontento con sus gobiernos. Victor protestaba por el incremento del precio de la gasolina, pero también por la defensa de su territorio. Lo acusaron de violento y lo metieron a la cárcel, sin que pese una condena en su contra. Estuvo casi dos años encerrado. Y ahora que han pasado más de dos semanas después del último motín en el que fue asesinado junto a otros 61 reos, sus once hijos aún no pueden reconocer su cuerpo ni darle, como acostumbran, cristiana sepultura. Les han dicho que tienen que hacer muchas pruebas para identificar al cuerpo.

Las familias de los 413 reos que han muerto en enfrentamientos de la Penitenciaría del Litoral desde 2019, donde viven en hacinamiento más de 8.000 personas, han recibido la confirmación del nombre de sus muertos en parques, en listas, en redes sociales. El Estado no sabe bien quiénes están en cada pabellón en el que deben restituirse por su libertad. Como si no fueran personas, como si solo fueran números. Como pasó durante la pandemia, cuando los cadáveres entraban en vagones y muchos nombres se confundieron, el Estado no ha garantizado la identidad de los cuerpos que mueren a su cargo. Quienes los cuidan y nombran, para quienes son más que un número, se han convertido, en lo que Andrea Crespo llama Levantamuertos.

Hace 40 años Ecuador volvió a la democracia y vio a su presidente arder en llamas en un helicóptero. Para conmemorar su muerte e intentar hacer justicia poética sobre la ausencia de respuestas que repercuten en la memoria de los ecuatorianos, Santiago Roldós, su hijo, inició una jornada de expansión escénica en Loja y llegó con su hermana Martha y su grupo de teatro a los lugares a los que su padre debió haber ido. Del viaje de regreso cuenta que aún hay personas que aseguran haber visto cuerpos arder en ese helicóptero del cual no hay sentencias. El alcalde de Célica pidió los restos de la avioneta en la que se accidentó el expresidente y el comandante general de las Fuerzas Armadas le respondió recientemente que no es posible hacerlo porque los restos están en investigación.

Después de 40 años del primer fracaso que se fraguó contra nuestra democracia, el presidente de turno nombró como ministra de gobierno a Alexandra Vela, quien fue secretaria de Roldós y la última persona que tuvo acceso a documentos que pudieron dar luces para investigar la muerte que nos ha incendiado la memoria durante tantos años. “Paciencia”, pide el secretario de comunicación cuando le preguntan la cifra exacta de personas que murieron en la cárcel. Ecuador es un Estado que incendia a sus cuerpos, a los cuerpos que constitucionalmente debe garantizarles la vida.

En una entrevista con Indómita.media, Silvana Tapia sostiene que, como señala Achille Mbembe cuando habla de necropolítica, en Ecuador “los sectores de la población considerados desviados o inútiles son expuestos a la muerte para disponer de esos cuerpos que no le son útiles al sistema del capitalismo tardío”. Para Tapia, la cárcel es una forma de esclavitud moderna. Tal vez nuestra democracia también lo sea.

Condenados en el Tártaro
por Andrea Alejandro Freire

Conozco a C. desde hace 26 años porque es mi primo hermano. Huérfano de padre a los 12 años. Hijo de una madre migrante que desapareció en España. C. entró a los 14 años al Centro de Adolescentes Infractores (CAI), nos entregaron tres informes, cada uno de ellos con infracciones diferentes: expendio de estupefacientes, robo con arma blanca y actividades relacionadas al crimen organizado. C. fue sancionado con 18 meses de detención en el CAI, la sentencia se alargó por motivos desconocidos a 24 meses. C. salió del centro de rehabilitación pocos días después de cumplir 16 años. 43 días después ingresaba al Hogar de Tránsito por posesión de sustancias ilícitas, esa estancia fue aún más larga de lo que estipulaba su sentencia. C. dormía en el piso, comía una vez al día, era acosado por hombres adultos, aprendió a usar armas de fuego, descubrió la heroína, enfermó de dengue, hepatitis, tifoidea, varicela y herpes.

C. salió del Hogar de Tránsito faltando un mes para cumplir los 18 años, mi abuela que siempre ve los noticieros con devoción una tarde dijo que eso no era un centro de rehabilitación sino un centro de perdición. C. miró a mi abuela y asintió en silencio con la cabeza. C. recibió una moto como regalo de cumpleaños y también para celebrar que llevaba más de tres meses fuera de prisión. C. se regaló para sí mismo un arma de fuego, mi abuela le recordaba en cada sobremesa que ahora era mayor de edad e iría a parar a la Peni. Ella describe a la Peni como un sitio peor que el infierno donde no debería estar nadie. C. hizo caso omiso a las pláticas de sobremesa. Recibí una llamada de mi abuelita: “Hijita, encontrémonos en la CDP. Este primo tuyo cayó de nuevo ¡ay mi Dios bendito protege a ese muchacho!”. C. fue sentenciado a 6 años por asociación ilícita y tentativa de homicidio. Organizamos una colecta, recogimos firmas, celebraron un culto evangélico por su causa y la familia pagó cientos de dólares en varias ocasiones para reducir su pena. C. decía estar arrepentido y querer cambiar el rumbo de su vida. C. se aferraba a mi abuela llorando, como cuando fuimos a despedir a su mamá al aeropuerto, cada vez que se acababan las visitas.

C. salió luego de casi 4 años porque enfermó gravemente de pulmonía, buscó trabajo en muchos lugares. Nadie quería darle empleo a un joven de 22 años que había pasado los últimos 8 años de su vida entrando y saliendo del sistema carcelario. Finalmente logró ser un repartidor motorizado por varios meses y con eso comenzó a hacerse cargo económicamente de sus 2 hijxs. Mi abuelita siguió mirando asiduamente los noticieros igual que mi mamá. Mi madre mira siempre el noticiario de la noche y nos va narrando al resto los reportajes que aparecen. Una noche mientras veía las noticias me llamó a gritos: “Negra, ¿ese no es tu primo C.?” Suspiré porque sí era. Fueron otros dos años de encierro, vejámenes, perfeccionamiento de habilidades criminales, extorsión y anulación de su humanidad.

Hoy está afuera y está vivo. La historia de C. podría ser la de mi hermano, o la mía, o de mi vecino, o quizás la tuya. En la cárcel no se condenan los delitos cometidos, se condenan las vidas previamente precarizadas, el empobrecimiento y la etnia.


Junta de Cadáveres
por Andrea Crespo Granda

I
Esto es una guerra, un ave blanca con las alas rasgadas. En la guerra se resucitan templos imaginarios, me pregunto por qué la esperanza se mantiene, me pregunto qué es un deudo, sino otra cosa que alguien con un saldo pendiente, una pregunta, un trabajo de duelo y no hay nada más real que la carne partida, los ojos quebrados o una selva en llamas. Esta tierra concentra cadáveres y la proporción más grande de corruptos por metro cuadrado. Concentrarse en la noche provoca ríos de sangre cobre, pero esas cosas por acá no se cuentan. No. No hablar de ciertas mentiras. La indignación de las hijas, de las madres y los nietos reposa bajo los ceibos. El sonido contundente de la confusión trepa por nuestras jorobas. Angustia perpetua que vela por la penetración de las cavernas y una carpa en la noche agudizamos los sentidos, sin manos, con los pies en declive, por esta insistencia de la pérdida, por este relato común de la ira.

II
Juntacadáveres. Ni Polinices quedó insepulto porque la memoria es un lago amplio donde se ocultan los duelos. La mano del Padre, el cabello ondulado, la frente estrecha de la madre y las canchas del patio del recreo, la sal del estero inundando los pulmones mientras los muertos perdidos se abrazan bajo el látex de fundas negras que son llevadas a fosas comunes. No duermen bajo el frío de los contenedores; ellos aguardan con sus fémures y humores apilados. Su espera se asemeja a la de los turistas en las estaciones de buses. Ahora están allí, una reunión de extraños conversando sobre trivialidades póstumas. ¿Dónde quedó el vuelto del pan? ¿Quién regará el helecho? ¿Se casará mi hija con ese muchacho? ¿El gato no entenderá el vacío, buscará con insistencia el cuenco tibio que formaban en mi regazo, cuna de carne de las piernas? Pero en las calles los demonios bailan, son policías y políticos entregando kits alimenticios a sobreprecio en canastas de polietileno y haciendo promesas inverosímiles para identificar el porcentaje de aceptación de sus crímenes y, en cada entrega, por cada gota de sangre testeada hay treinta fotos, un hashtag y una cadena nacional que debemos tragar en delirio nocturno para ver a los dueños de la patria heredada desmembrar la realidad; decir que no es cierto nada de lo que vemos, que los muertos son irreales exageraciones de la oposición, tampoco es cierto el vacío de un padre que crece, llenando de huecos la memoria: pero mis manos están cercenadas y mi nariz ya domina el olor del cadáver como alguna vez conoció el olor del amor. Y ahora ya no hay esposas, ni hijas, solo reptiles interceptando el tufo de la putrefacción en el viento rancio en las afueras de una muralla.

Nos convirtieron en Juntacadáveres. Reptiles de estero, cepas de virulencia en el aire y la ciudad es bañada por una delgada capa de tizna. Los volcanes también revientan.

Que reviente este fracaso de patria, que se lleve todo al subsuelo y al centro del mundo. Que este mundo Andrea Alejandro Freire dice de sí misme: “spantosamente loca, hermosamente lúcido. Escribo e ilustro por si se me olvida mi historia.” explote, que seamos un agujero negro para que nos observe, a billones de años luz, una especie que no entienda el signo de la ceniza.

III
por Ana María Crespo

Considerad si es un hombre (…) Quien no conoce la paz
- Primo Levi

“Solo tenía un disparo en la cabeza”. Una de las madres de los reos asesinados en el amotinamiento repetía esas palabras. “Gracias a Dios pudimos sacar su cuerpo entero de la morgue”, le dijo a Lola una mujer igual de angustiada que sostenía un rosario. Sus rostros mostraban las huellas de la espera y la falta de sueño. Para Lola este era el segundo día buscando respuestas sobre Jonathan, su hijo. Las imágenes del horror en el pabellón C habían circulado por redes sociales. Jonathan no tenía sentencia, lo apresaron en medio de una manifestación pacífica. Él insistía en que estaría bien, pero cada llamada suya desde la cárcel la hacía entrar en un estado de alerta constante. Se lo imaginaba dentro de una celda oscura y diminuta. Jonathan estaría deprimido. Las fotografías de los pasillos cubiertos de sangre y partes de cuerpos humanos volvían una y otra vez a su memoria. A las afueras de la morgue un uniformado gritaba los apellidos de los fallecidos como si recitara una interminable lista de compras. Nadie quería escuchar el nombre de su familiar. Había cuerpos que por la violencia de los enfrentamientos no podían identificar. Ir a la cárcel era difícil. Lola debía desnudarse y soportar el tacto brusco de las guías. Así impedían el ingreso de objetos prohibidos. Mientras tanto los noticieros informaban del uso de pistolas de gran calibre y armas cortopunzantes en los enfrentamientos. Y a ella le quitaron la comida que preparó para Jonathan en su cumpleaños. Se notaba que desde su encarcelamiento había perdido peso. No podía pagar un abogado que le consiguiera una audiencia. El que le había asignado el Estado tenía otros diez casos y no hacía mucho. Lola luchaba para enviarle un poco de dinero.

A un compañero que no pudo pagar lo sumergieron en un tanque lleno de agua salada. “Mamá, yo no quiero morirme así”, le confesó la última vez que hablaron. También los golpeaban hasta que perdían el conocimiento, esto lo averiguó mientras hacía fila para visitarlo. Pero a pesar del miedo constante, no tenía los doscientos cincuenta dólares cada mes. No volvería a verlo, pero no se resignaba a marcharse sin su cuerpo completo. Jonathan apareció con quemaduras en todo su tronco, y un par de agujeros de balas. Quizá pasarían un par más de días hasta que lo encontraran. Cuando la policía le preguntó por un rasgo particular de su cabeza, les habló de la cicatriz que tenía sobre su ceja izquierda. “Nadie merece una muerte así”, dijo una de las mujeres que supo que era su tercer día a las afueras de la morgue.

Este texto de ficción está basado en una de las tantas historias que dan cuenta de la gravedad de la crisis carcelaria ecuatoriana. La agencia EFE recoge el testimonio de Marlene Palma, madre de uno de los reos asesinados, quien estuvo esperando en la morgue la cabeza de su hijo.

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    © Vicente Gaibor, 2021

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