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PERFIL: STEPHANO ESPINOZA GALARZA

A conversation on post-apocalyptic landscapes of tropical queerness, en Español.

  • Apr 21 2021
  • Romina Muñoz
    (Guayaquil, 1984). Investigadora, docente, co-fundadora de la editorial Festina Lente y de MEDIAAGUA plataforma de experimentación. Es Miembro de la Fundación Muégano Teatro y parte del colectivo artístico Las Brujas. Fue docente, Comisión Académica de la carrera de Artes Visuales y miembro del Departamento de Investigación del Instituto Superior Tecnológico de Artes del Ecuador (ITAE, 2010-2015). Fue Directora de Investigación en la UArtes (2015) y Jefa del Premio Nacional Mariano Aguilera (2017-2018). Tiene una licenciatura en Artes Visuales y un Máster en Arqueología. Ha realizado varios proyectos curatoriales e investigativos sobre arte moderno y prácticas artísticas contemporáneas.

This is a post-apocalyptic landscape of Guayaquil. 

The only survivors were my friends,
Andrea Alejandro, Victor, Sara and other fags. 

The spirits of Coccinelle came back to life.

We’re all gathered yet spread out.

Each one occupying their own space. 

The monument to our assassin
Leon Febres Cordero blew up into pieces
and out of it’s rubble we built a monument
to all the trans sex workers of Guayaquil.

We’re dancing because all the gated communities were suctioned
by the mangroves that were underneath them. 

Their grave became our dance floor. 

 

 

Romina Muñoz: Nuestro lugar de origen nos ha llevado a conversar primeramente sobre Guayaquil; sobre las caminatas por el centro de la ciudad, el río, su clima, su movimiento y varias veces has comentado que es una ciudad marica, cuéntame sobre esto y sobre cómo tus proyectos están atravesados por esta sensación. 

Stephano Espinoza: Cuando digo que Guayaquil es una ciudad marica, lo destaco sobre todo por su hostilidad hacia las diversidades sexuales y porque a pesar de estar controlada por un gobierno conservador que lleva más de 30 años en el poder, de que la iglesia tiene un peso institucional muy fuerte, de los constantes intentos de silenciar a activistas y movimientos sociales, seguimos resistiendo. Han blanqueado nuestra historia con una serie de imaginarios que no coinciden con lo que vemos en las calles. Es más, dos de los mejores artistas ecuatoriano son maricones guayaquileños: Sola Franco y George Febres Cordero.


"Hay que solo mirar las prácticas sexuales Huancavilcas que han sido borradas de ciertos discursos históricos para dejarnos solo con la imagen romántica del pasado."

Desde los 16 años, cuando vivía en EEUU, empecé a buscar estos referentes. Me robaba la tarjeta de la biblioteca pública de mi mamá poder ver películas de Almodóvar o que tengan algún protagonista marica o una mujer hispana, que haya pasado por momentos de conflicto, que haya sufrido, y que haya podido sobrellevar eso. Cuando regresé a Ecuador, a los 24 años, me encontré con que esos personajes que había visto y admirado estaban aquí en esta ciudad, en Guayaquil, en mi tío paterno, mi primo, en Eduardo Solá Franco, en George Febres y lxs enchaquiradxs. Por lo que esta sensación de pertenecer a un legado marica costeño es para mí muy fuerte justamente porque me ha costado conseguirlo, construirlo frente a una idea de masculinidad que no va con todos. Las maricas tenemos que ir creando  de forma consciente ese legado, que está más cerca de lo que pensamos.  

Quién te google verá tus perfiles como la autodefinición de un pintor, no como artista, que sería un término más abierto y afín a tus prácticas dentro del arte. ¿Qué es la pintura para ti?

No uso la palabra “artista” porque es muy poco específica. A pesar de que la categoría “pintor” no engloba todas las cosas que hago, me gusta enunciarme desde ella, por su carga histórica. Cuando le digo a alguien que soy pintor se conjugan muchas ideas sobre esa profesión, sobre lo que es y no es la pintura; me gusta jugar con esas expectativas. El activismo y la gestión han influenciado mucho a mi trabajo pictórico, pero no es necesario para mí usar esas categorías para definirme sin embargo no creo que se pueda ser un pintor sin tener un compromiso con cambiar  tu entorno. La militancia y la gestión las hago porque es necesario hacerlas. La pintura también es una necesidad, pero es una necesidad placentera, incluso terapéutica, de sanación que me reconcilia conmigo. Es la forma que tengo de hacer memoria, donde puedo recordar y documentar mis afectos.

 

 

Las piernas me tiemblan de alegría, tu última muestra curada por Juan Felipe Paredes y presentada en MEDIAAGUA, destaca la aparición de sujetos que habitan en ciudades y entre sueños, figuras fantasmagóricas, que me hace pensar en la transitoriedad, en ti como ese cuerpo en tránsito, entre dos países, entre memorias.

Desde muy pequeño a mi mamá le gustaba mucho mudarnos; ella lo veía como algo terapéutico, algo que cobraba sentido después de las desilusiones sentimentales (casi siempre con mi padre). Nunca pensé que a través de esas mudanzas improvisadas cruzaría fronteras. Me di cuenta de que esta era una mudanza permanente cuando ya estaba en tierras gringas e inscrito en una middle school de Fort Lauderdale. Iba y venía todos los años para ver a mi padre o a mis hermanxs y sobrinxs. Los primeros 5 años no quería quedarme en EEUU. Cuando venía a Ecuador por las vacaciones, esperaba al último día antes de que las clases empezaran para regresar. Al regreso, las primeras semanas me las pasaba llorando y pensando en lo divertido que había sido mi verano en Ecuador. Estas experiencias definitivamente me marcaron como persona y creo que se ven reflejadas en los cuerpos que habitan mis cuadros, entre dos mundos.

Las piernas me tiemblan de alegría... en algún momento te escuché decir que se trataba de una referencia a esa sensación después de tener relaciones sexuales, a un momento de plenitud, de satisfacción. Sin embargo, las pinturas a ratos pueden sugerir cierta violencia. Paredes en su texto habla sobre una “exageración inocentemente teatral”.

El sexo puede ser un buen espacio para recrear o vivir ciertas violencias con las que queremos lidiar, es un espacio para fantasear con el exceso difícil de experimentar en otros ámbitos de nuestras vidas. Por eso “las piernas me tiemblan de alegría”, porque es una sensación que siento sobre todo después de un proceso que ha sido tan físico y por ratos violento (de forma consensuada obviamente) que me saca de mi mismx. Yo tiendo a pasar mucho tiempo en mi cabeza y esas prácticas que son demandantes corporalmente logran conectarse con otras partes de mí mismo.

"Aprendí a vivir y florecer en ese contexto."


En muchas relaciones maricas la exageración, la ficcionalización de la realidad está muy presente; quizás porque la imaginación es un recurso al cual teníamos que acudir frecuentemente en nuestras infancias por la falta de referentes que te comenté, por no vernos reflejadxs en nuestros padres o personas cercanas. También porque desde edad temprana nos dicen que ser marica es malo, que nuestros deseos son malos y nos toca aprender a ocultarlos.

La noche de la inauguración, hice un playlist de boleros y pop de mujeres. Me identifico mucho con cierta experiencia y voz femenina, a veces sufrida pero fuerte, que logra resolver, resistir a pesar de todo.  Desde pequeño estuve muy expuesto a esta narrativa, viví de cerca el drama de la separación de mis padres, siempre he tenido muy buena sintonía con mi madre, y he vivido el drama de la mujer latina: la violencia, la traición, las mentiras, el engaño, el desamor.

Una de mis pinturas favoritas es el jardín marica; me and my Friends playing que en el texto que acompañó el cuadro, definiste como un paisaje postapocalíptico guayaquileño, me hizo pensar en la pintura flamenca sobre todo en Brueghel.

Cuando estudiaba historia del arte en mi último año de secundaria, la pintura de Brueghel y Bosch, y en general la del Renacimiento Europeo me marcó mucho. El uso de la pintura para ilustrar alegorías me llamaba mucho la atención y con “el jardín marica” lo quería hacer desde mi contexto, aunque imaginar futuros maricas me conflictúa mucho. Es difícil imaginar un Guayaquil menos conservador y diverso.

Es entonces tu experiencia en el Museo de Queens o el Museum of the Moving Image lo te impulsó a crear TrueQué Residencia Artística y colaborar con Guayaqueer. ¿Qué proponen estas dos plataformas?

Cuando salí de mi primer año de estudiar pintura en PAFA, me dije que nunca volvería a pintar porque la pintura es inútil. Sigo pensando que la pintura es inútil, pero ya he aceptado esa realidad; no quiero cambiar el mundo con mi pintura. Mi activismo sí viene de otras urgencias que sí quiero cambiar. Pero, mi activismo y mi pintura no tienen que vivir bajo el mismo techo o por lo menos no en el mismo cuarto, cada una tiene su espacio aunque dialoguen mucho. 

Empecé a relacionarme con estas prácticas creativas ampliadas cuando decidí dejar la pintura con la que me he reconciliado. Estudié Análisis Social y Cultural con enfoque en Estudios Latinxs y Metropolitano y me concentré mucho en investigar la relación entre arte y activismo. Mi tesis de pregrado Social Practice as a decolonial gesture: art by black and latinx artists in NYC, me ayudó a entender mejor el rol de la política en y desde lo artístico. Así empecé a hacer pasantías en Creative Time y El Museo del Barrio, mi voluntariado en Immigrant Movement International, un centro comunitario en Corona -Queens y así obtuve mi fellowship en el Queens Museum. Trabajando en estos espacios me di cuenta de la importancia de la organización comunitaria y de la creatividad en el activismo. A través de mi jefa Prerana Reddy, que ya tenía una relación establecida con el mundo del arte y activismo en Ecuador, conseguí los primeros contactos para organizar TrueQue, residencia de arte anual que reúne a seis artistas ecuatorianxs con seis del extranjero (todxs hispanohablantes) alrededor de una temática específica en una casa de Ayampe, en la costa del país. 

De cierta forma, TrueQue fue una excusa para regresar a Ecuador y conocer a otrxs artistas y personas del campo. Guayaqueer es una plataforma de activismo digital que crea imágenes a partir del imaginario guayaco/ecuatoriano popular y lo mezcla con referentes y consignas o búsquedas del movimiento LGBTIQ+/marica/ feminista. Este proyecto inició en el 2016, el mismo año que regresé a Ecuador. Víctor García, su fundador, también había regresado de estudiar artes visuales en Italia, lo contacté porque me gustaba mucho lo que estaba haciendo y sentí cierta sintonía; desde ahí comenzó nuestra amistad y colaboración. Ambos proyectos aparecen en mi vida por la necesidad de encontrarme con otrxs maricas y artistas del medio del país, para tratar de construir (o a ratos destruir) juntxs. 

 

 

Este es un paisaje postapocalíptico de Guayaquil.

Lxs únicxs supervivientes fueron mis amigxs, Andrea Alejandro, Victor, Sara y otrxs maricones.

Los espíritus de Coccinelle volvieron a la vida.

Estamos todxs reunidxs pero dispersxs.

Cada unx ocupando su propio espacio.

El monumento a nuestro asesino León Febres Cordero estalló en pedazos y de sus escombros construimos un monumento a todas las trabajadoras sexuales trans de Guayaquil.

Estamos bailando porque todas las urbanizaciones fueron succionadas por los manglares que fueron sepultadas por el cemento. 

Su tumba se convirtió en nuestra pista de baile.